La importancia del olor

De los cinco sentidos del ser humano, quizá el olfato sea el menos considerado de ellos. Vivimos en un mundo visual y auditivo, sobre todo. Sin embargo, los buenos olores (aromas) y los malos, los olores desagradables, nos afectan más de lo que imaginamos.

Estamos, efectivamente, rodeados de olores. La medicina los ha estudiado, ha investigado cómo afectan a la mente humana y también las relaciones que establecen con otras zonas del cerebro. El ser humano ha tratado también de rentabilizar el sentido del olfato llevándolo a los negocios de los aromas y perfumes. Hoy se busca que el olor identifique marcas, eventos y ciudades. El olor tiene una presencia importante en la historia, en la filosofía, en la química, en la industria, en la biología, en el medioambiente, en el arte, en la literatura, en el cine, en el teatro y en la cocina.

El olor para el ser humano

Desde que nacemos, los humanos percibimos olores, los asociamos a etapas vitales y los almacenamos en nuestra memoria. Los bebés tiene un olor típico que se asocia al olor a talco y a colonia; en la adolescencia aparecen otros olores característicos, y cada vez más, los desodorantes, los perfumes y las lociones que se vinculan a todos los momentos de la vida, en principio, son sencillos y florales. A medida que el mundo se amplía, también se amplía el abanico de posibilidades olfativas. Los romances y el olor de la pareja y su entorno. Los alimentos fermentados, maduros, macerados incrementan la paleta de olores. Con el tiempo, el olfato se hace selectivo y exigente.

El conocimiento y la formación cultural influyen en la valoración del olor, amplían la tolerabilidad de los olores asociados al “status” y paralelamente aumenta el rechazo a aquellos que se vinculan con el dolor o la pobreza, por ejemplo.

El gusto y el olfato hacen la vida cotidiana más agradable y pueden llegar a controlarse en el ámbito personal. Por el contrario, el olor de la ciudad −el del humo o la gasolina, el del alcantarillado o las basuras− se nos impone. La solución más sencilla: escaparnos al campo para percibir el olor a tierra o hierba húmeda, pero también a ganado y a boñiga. Se puede escapar a algunos olores pero no a todos.

Desde el olor de los juguetes, las galletas y los pasteles de ese mundo ideal de la infancia −en el mundo desarrollado− hasta el cloroformo, el formaldehído, glutaraldehído, metanol y etanol que se asocian con la enfermedad y la muerte, todos están presentes en los recuerdos que inundan nuestra mente.

Elizabeth Stella Basto Gómez

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