¡Que peste!!!

Los escritos sobre la explotación de plantas aromáticas datan de hace casi 5.000 años. Parece probable que el gran poder de estimulación que ofrecían ciertas fragancias fuertes servía no sólo como base de atracción, sino que sensibiliza al hombre primitivo para que sintiera cierta estima por la flora asociada, en comparación con otros aspectos de su entorno.

Nuestra evolución de hombres peludos básicamente a hombres sin pelo, con el correspondiente aumento de glándulas sudoríparas habrían proporcionado a nuestros antepasados un fuerte contraste entre un olor corporal intenso y rancio y los aromas más dulces de ciertas plantas.

Es más, los humanos neonatos muestran claramente su preferencia por ciertos olores y rechazan otros. Se podría debatir que esta discriminación, basada en un componente hedonístico, tenía alguna utilidad para la supervivencia, sin embargo los datos apuntan a la posibilidad de que los humanos tienen una predisposición a ser atraídos por los olores «agradables».

Es posible que el papel de la cultura haya dado «significado» a esta predisposición, originando una mitología que explicase la existencia de las plantas aromáticas e hiciese sitio para ellas en las sociedades civilizadas primitivas. 

El Pomander y su papel en la historia

Araceli Rego blog «De lo humano y lo divino»



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *